RATONES
Sisibilante era una serpiente ni
muy grande ni muy pequeña, ni muy verde ni muy marrón, que reptaba por la vida
despreocupada y dejaba escapar a los ratones pequeños por compasión. Una mañana
salió a estirarse en la llanura y a arrastrarse por la hierba húmeda de rocío
sin mayor pretensión que la de ver salir el sol. Allí se encontró con
Ronroneante, un gato hacendoso y piratón que maullaba a las mariposas para
espantarlas y robarles el corazón.
–Buenos días, Ronroneante –dijo
Sisibilante eufórico.
–Buenos días,
Sisibilante –contestó el gato lamiéndose las patas.
–¿Cuántos corazones tienes ya?
–Hoy cinco, no llegarán muy
lejos esas pobres mariposas.
A Sisibilante le costaba entender
los motivos por los que Ronroneante robaba el corazón de aquellas preciosas
criaturas del llano y trató de pensar bien la pregunta para no herirle.
–Sé que quieres saber la razón
por la que le robo el corazón a las mariposas con mis maullidos hipnóticos.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque también puedo robar los
pensamientos.
Sisibilante se asustó y se
escondió detrás de una adelfa en flor.
–¿Por qué te escondes? –preguntó
Ronroneante.
–Porque no quiero que me robes
los pensamientos, son lo único que tengo.
Ronroneante se acercó a la
serpiente poco a poco para no asustarla mucho.
–Le robo el corazón a las
mariposas para llenarme de amor.
–¿Para llenarte de amor? –contestó Sisibilante asomando su cabeza por entre los tallos de la adelfa.
–Sí, no es fácil vivir cazando
ratones, lo paso mal.
–¿Por qué?
–Porque lo hago para divertirme,
en cambio tú lo haces para poder comer.
–¿Quieres decir que matas por
placer? –dijo Sisibilante asombrada.
Ronroneante se sentó en la
hierba. Sisibilante se desenroscó y levantó la cabeza amenazante.
–No te pongas así, amiga
Sisibilante. Yo cazo para entrenar, soy depredador como tú y, aunque te parezca
asombroso, también siento compasión. Las mariposas me dan todo el amor que
necesito. ¿Y tú? ¿Qué me das tú? Si al menos tuvieras patas y pelo y garras y
cola y bigotes, serías un gato y disfrutaríamos cazando juntos en el llano.
–¿Y no eres feliz así? –preguntó
Sisibilante.
–Amiga mía, uno no es feliz
nunca porque siempre quiere lo que no tiene.
–¿Y qué quieres?
–Ahora mismo me gustaría que
tuvieras patas y pelo y garras y cola y bigotes.
–Pero eso no puede ser, soy una
serpiente.
–Eso ya lo sé. Márchate, quiero
ronronear solo –sentenció– y no te olvides de dejar escapar a los ratones
pequeños, son los más divertidos de cazar.
Sisibilante volvió con el
estómago vacío a su madriguera para esquivar los primeros rayos de sol. Varias
mariposas le acompañaron con su aleteo silencioso. Por un momento, se imaginó
con patas por primera vez en su arrastrada vida. Y le gustó. Se vio corriendo
con su amigo Ronroneante por la llanura, escondiéndose detrás de las adelfas,
preparándose para dar el zarpazo a algún pajarillo despistado o lo que fuera
con tal de pasarlo bien. Qué buenos ratos pasaría si fuera un gato. Fue
entonces cuando cayó en la cuenta de lo que significaba ser feliz para su
amigo. Justo frente al oscuro agujero de su madriguera, observó que un pequeño
ratón roía despreocupado una espiga de avena. Era pardo, muy pardo. Y pequeño,
muy pequeño e insignificante. A lo lejos se podía oír, arrastrado por el
viento, el ronroneo de Ronroneante filtrándose por la hierba como un silbido
ronco y grave, amenazante. Sisibilante, no se sabe si frustrada o hipnotizada,
levantó la cabeza y se zampó al ratón.


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