EL COMPROMISO
Onofre era una tortuga normal,
de medidas y peso normal pero con un carácter ciertamente peculiar. Tenía la
obsesión de que molestaba, la sensación de ser una tortuga insegura porque le
daba vueltas y más vueltas al sentido de su existencia y las tortugas no se
andan con tantas tribulaciones, sólo nadan y nadan hasta llegar a una playa que
no han visto nunca pero que recuerdan y no saben porqué. Le molestaba tener que
nadar y nadar sin descanso y para no andar incordiando con las mismas preguntas
de siempre a todas las tortugas con las que se cruzaba, acostumbraba a
rezagarse de todos los grupos y eso hacía que nunca tuviera ninguno definido.
Una tarde, antes de que el mar se oscureciera, vio como una tortuga aleteaba a
toda prisa por encima de su cabeza, casi sobre la superficie del agua. Iba
escopeteada y se podía escuchar su respiración entrecortada a millas de
distancia. Onofre subió a su encuentro. Para ello tuvo que nadar bastante
rápido, cosa que no acostumbraba a hacer por sistema. Cuando llegó a su altura
se puso a su lado y la observó durante un buen rato. Ella nadaba ajena, ni tan
siquiera se había dado cuenta de su presencia.
-¿Por qué razón nadas tan cerca
de la superficie?- Preguntó Onofre.
-Aprovecho la luz que luego se
oscurece y me tengo que parar y no puedo parar, ¿entiendes? Tengo un
compromiso.
-Sí, sí. ¿Pero por qué vas tan
deprisa?
-Oye, me estás molestando.-
Contestó seca.
Onofre cambió la expresión. De
repente, perdió el brillo en su mirada y ella dejó de aletear.
-Perdona. Siento haberte
ofendido.
-No, tranquila, no me ofendo.
Llevas razón.
-No. No llevas razón. Eres la
primera tortuga con la que hablo en años. He sido muy grosera.
Onofre seguía nadando. No podía
parar.
-Oye, ¿adónde vas tan deprisa?-
Gritó.
Onofre paró y ella se acercó
sonriente.
-No, nada, a ningún sitio.
Supongo que yo también tengo un compromiso.
Ambos reanudaron la marcha pero
esta vez aminoraron el nado, recreándose en la travesía. Habían llegado, sin
darse cuenta, a un término medio en la velocidad del viaje. Ella le dijo que se
llamaba Trini, que era una tortuga normal, de peso y medida normal. Eso a
Onofre le daba igual ya que también entraba dentro de la normalidad. Él quiso
saber los motivos por los que se sentía obligado a nadar a una playa que no
había visto en la vida. La describió con todo detalle y, paradójicamente,
coincidía con la descripción de la playa a la que Trini se dirigía. Aquello no
podía ser casual, y más entre tantos miles de tortugas. Le daba vueltas y más
vueltas y por más que intentaba encontrar una razón lógica, no daba con el nexo
de unión.
-Siendo una tortuga normal, de
tamaño normal y peso normal, ¿por qué estás nadando junto a mí?- Preguntó Trini
con cara de despreocupada.
-¿Quieres que te diga la verdad?
-Sí.
-Pues por tu forma de nadar.
-¿Por qué voy rápida?
-Quiero ir contigo a esa playa.
-¿Para qué?
-No lo sé.- Dijo tajante Onofre.
-Yo tampoco.- Contestó ella
sonriente.
El mar se oscureció y en aquella
oscuridad durmieron juntos. No hay pruebas de que llegaran a la playa, si es
que tenían que llegar. Lo que se sabe a ciencia cierta es que durmieron juntos,
lo demás son hipótesis.
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