MALVINA Y EL MURCIÉLAGO
Malvina era una luciérnaga muy
independiente que se vanagloriaba de su independencia y no podía hacer nada que
le dijera nadie, sólo ella podía tomar decisiones y siempre lo hacía con total
determinación. Ni tan siquiera su padre, cuando era una larva, pudo aconsejarle
nada. Siempre que él le pedía o sugería que hiciera algo, ella hacía justamente
lo contrario.
No le gustaba ir en grupo pero
siempre que veía a alguno sobrevolando farolas en las calles huérfanas de los
arrabales, le entraban ganas de experimentar cómo sería volar junto a sus
semejantes, qué inquietudes tendrían, ¿serían tan o más independientes que
ella?
Y así, llena de preguntas,
esperaba a tener pista libre para poder volar en plena soledad, amalgamándose
en la noche oscura e incierta, dándole una micra de luz irrelevante al cielo y
fantaseando historias de luciérnagas guerreras luchando contra termitas
malignas en la guerra de los tiempos. Aquellas ensoñaciones se veían a veces
interrumpidas por la duda existencial de Malvina. Se preguntaba qué sentido
tenía que emitiera luz, qué utilidad podía tener volar con el cuerpo candente
de luminosidad durante las frías noches de invierno pudiendo no hacer nada y
pasar esas horas durmiendo como lo hacen los humanos y los perros y miles de
especies más.
Una noche, justo después de que
la tierra se tragara al sol, tuvo una sensación de vacío horrenda, se sintió
sola, perdida y se agazapó bajo una teja de barro de la techumbre de una
iglesia. No quiso ver a ninguna de sus camaradas, ni tan siquiera en la
distancia, y se guareció hacia el fondo del hueco. Allí notó un calor extraño
pero confortable y cerró los ojos. Al cabo del rato, aquel calor se movió
bruscamente.
-¿Quién eres?- Preguntó Malvina
asustada.
-Soy Rogelio, Murciélago de
Media Noche, para servirla.
-¿Qué haces aquí?
-Me parece que el que debería
preguntar eso soy yo, estás en mi casa.
Rogelio se acercó y palpó la
cara de Malvina con su mano negra.
-Te comería si no fueras
luciérnaga.
-¿Cómo?
-No veo pero escucho mucho.
-Yo no escucho mucho pero veo
muy bien. –Contestó Malvina esbozando una sonrisita tímida.
-¿Quieres ser mi luz de medianoche?
Ambos sobrevolaron juntos las
farolas. Rogelio pudo ver al fin el color de la oscuridad, Malvina ya no
necesitó imaginarse cómo podía ser volar junto a sus camaradas y jamás se
volvió a preguntar el porqué de su candente luminosidad.


Comentarios
Publicar un comentario