EL LUGAR DEL NO LUGAR

Rayo era un canguro bastante singular pues nunca daba saltos en línea recta, siempre saltaba en zig-zag y a veces en círculos, como las peonzas. Era un marsupial divertido y bastante despreocupado, vivía en una amplia pradera de colores dorados y se entretenía dándole puntapiés a las bolas de excrementos que los escarabajos peloteros elaboraban con mucho afán durante las largas tardes de verano. Rita, una canguro que destacaba por sus saltos largos y sus piruetas en el aire, era su amiga y no podía soportar que el resto de los canguros de la pradera se rieran de él por su costumbre de saltar en zig-zag. A Rita tampoco le gustaba, no entendía que se pudiera saltar hacia ningún sitio porque ella no se permitía un salto sin sentido, los tenía todos programados y sus piruetas meticulosamente estudiadas. A veces, le daba más valor a la ejecución del salto que al hecho de transportarse de un lugar a otro. Aun así, respetaba profundamente a Rayo, le parecía un ser excepcional no sólo por el hecho de no ir nunca hacía ningún lugar concreto, sino también porque era un ser diferente del resto y, como ella también se sentía diferente y le aburrían mucho los discursos fanfarrones de sus vecinos sobre las innumerables técnicas de salto y los secretos canguriles para ser el mejor y el más competitivo, se quedaba siempre con él para charlar y pasar el rato antes de la puesta de sol. Junto a Rayo no tenía que demostrarle a nadie nada, simplemente podía ser ella sin más y eso le reconfortaba el alma. Él sentía mucha atracción por Rita pero no se atrevía nunca a decirle nada comprometido. Rita no tenía claros sus sentimientos, lo veía como un amigo y era su desubicación patológica lo único que le separaba físicamente de él. No se sentía preparada para afrontar un futuro incierto, sin meta ni llegada, un viaje al lugar del no lugar. Nadie le habló nunca de eso y era precisamente eso lo que más le perturbaba.  

Una tarde, mientras jugaban con las pelotas de los escarabajos peloteros, ella le preguntó lo que nunca se atrevió a preguntarle.
-¿Por qué insistes en ir a ningún lugar? Desde que te conozco no has avanzado más de seis metros.
-¿Y?- Contestó Rayo hurgándose la nariz.
- Que hay más prados por descubrir, más hierba por saborear, más espigas meciéndose por el viento…
-Bien, pero no hay más canguros como tú.
-No digas eso, hay miles de canguros como yo.
-En ese caso –dijo Rayo en plan solemne- también debe haber miles de canguros como yo.


Rita se quedó un instante seria, por un momento se imaginó una vida llena de aventuras truncada por un canguro cabezota que insistía en direccionar su vida a ningún lugar. En aquel instante se quedó bloqueada, quiso saltar lejos pero no pudo. De repente, saltar dejó de tener sentido, ¿para qué si Rayo nunca le seguiría? Fue entonces cuando se dio cuenta de que estaba enamorada, de que sentía algo más que amistad por él. Dejó de pensar en saltos y en piruetas y se sentó. Rayo hizo un castillo con las bolas de excrementos de los escarabajos peloteros que insistían en rehacer su trabajo inútilmente, la cogió de la mano y la acompañó hacia el lugar del no lugar. Cuando quisieron llegar se dieron cuenta de que no existía la llegada, ni tan siquiera la sombra del instante llegado. En aquel momento no existía nada salvo ese lugar que insistían en hacer llegar y sintieron el vacío de la partida hacia lo intangible y se abrazaron y se besaron y se olieron como canguros en celo. Aquel frío apagado, aquel castillo improvisado, aquella llama segura, era la señal inequívoca de lo que algunos seres llaman amor.

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