HORMIGAS EN LA NEVERA

Una hormiga esperó durante todo el verano pegada a la puerta de un frigorífico con el fin de escabullirse y colarse dentro a la mínima que una mano lo abriera. Sabía que allí había comida y se estaba fresquito porque una amiga suya, a la que hacía mucho tiempo que no veía, se lo había dicho. Ella, que estaba muy comprometida con el colectivo, avisó a todas las que se acercaban pero nadie la creía. Cuando al fin, en un despiste, alguien se dejó la puerta abierta y pudo entrar, se encontró con su amiga, a la que hacía mucho tiempo que no veía. Trataba de moverse pero no podía porque estaba asquerosamente gorda, inmensa. Llevaba un año atiborrándose a placer, había desarrollado un sofisticado sistema aislante y no pasaba frío. En cambio, la hormiga visitante comenzó a acumular escarcha en las patas y temblaba y estornudaba mucho.

-¡Hola, amiguita, cuánto tiempo!- Dijo la amiga como a cámara lenta, con voz de ultratumba.

En ese momento, la hormiguita aventurera aprovechó que aún era rápida y no se había puesto tan enorme para escapar. Como el frigorífico todavía estaba abierto, avisó a todo el hormiguero y les indicó el camino al paraíso. El colectivo, al ver los manjares y la puerta abierta, se organizó y entró en una kilométrica fila india. Al cabo de un buen rato una mano cerró la puerta. La intrépida hormiga, al verse sola, sintió un gran alivio de responsabilidad, es duro no parar de acumular comida. Se quitó la escarcha con las patitas delanteras y se tumbó al sol.

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