PELOTONA Y LOS ZAPATOS

Pelotona era una escarabajo diferente, se sentía diferente y veía a sus compañeros escarabajos como seres que sólo trabajaban y no tenían aspiraciones. Y puede que, visto como los escarabajos ven la realidad, tuviera razón. Ella quería viajar, salir de aquella colina pelada, dejar de esperar a que llegaran los caballos salvajes en primavera para poder recolectar las bolas de estiércol que iban dejando en la tierra. Sentía, en su fuero interno, que no había nacido para eso.

Los caballos venían cada primavera y se quedaban un par de meses pastando por la colina. Sin duda, aquellos días lluviosos en los que el fango imponía su ley, eran especialmente desagradables para Pelotona pues detestaba mancharse las patitas y engañaba a sus semejantes prometiéndole favores que nunca cumplía para que hicieran su trabajo y el de ella. Elaborar pelotas gigantes con estiércol fresco no era algo que le diera satisfacción, Pelotona había nacido para la contemplación, de eso no cabía la menor duda. Además, detestaba cuando se le escapaba alguna de esas pelotas pestilentes y rodaba colina abajo sin poder hacer nada para impedirlo, eso la inquietaba y era incapaz de asumirlo como un fracaso, si no más bien como una condena por haber nacido escarabajo y no humano ni caballo. Para ella, la llegada de la primavera era una desgracia, un suplicio y lo único que le gustaba era observar las pezuñas de los jamelgos hundirse en el barro. Se podía pasar horas mirado sus huellas en el suelo, la pisada de aquello tan monstruosamente grande, y se preguntaba cuán lejos podrían llegar aquellos pies, qué montañas podían escalar, qué lugares remotos y exóticos podían visitar. Y así cada año y cada año más triste y cada año más desesperanzada.

Un día de verano, después de las últimas lluvias, vino a visitarle Pelotonni, un escarabajo de la familia que vivía abajo, en el pueblo donde vivían los humanos. Solía visitarle cada año, eran primos, merendaban juntos y después bajaba la colina hasta el año siguiente. Él ya se conocía a pies juntillas la obsesión que tenía su prima por las pezuñas de los caballos. Ella le invitó a unos tallitos de alfalfa y le puso una gota de rocío, como de costumbre. A él le gustaba mojar sus patitas delanteras en la gota de rocío y humedecer su boca antes.   

-Dime una cosa.- Dijo Pelotona. –¿Los hombres van descalzos o tienen pezuñas?

-Los hombres usan zapatos, Pelotona.- Dijo tomando un sorbo de gota rociera.

-¿Zapatos? ¿Y cómo son?

-Son grandes, no tan grandes como las pezuñas de los caballos salvajes, pero grandes al fin y al cabo.

Y en éstas pasaron toda la tarde porque Pelotonni no pudo hablar de nada más. Era tal la obsesión que tenía Pelotona con los zapatos humanos que interrumpía cualquier conversación que no tuviera nada que ver con ellos. De repente, sintió la necesidad de tener unos y se lo dijo muy seriamente a su primo.

-Quiero unos zapatos.

-¿Por qué?- Contestó Pelotonni que no daba crédito a su cabezonería y se planteaba seriamente no volverla a visitar.

-Porque así podré ir lejos y ver colinas y valles y montañas que con estas patitas jamás podré ver.

Y así pasó el resto del verano, el otoño y el invierno, obcecada en sus zapatos. Todo le parecía insuficiente, nada era de su antojo y sus compañeros escarabajos cada vez le parecían más vulgares y monótonos y fue sumiéndose en una terrible tristeza. Intentó fabricarlos según las instrucciones que Pelotonni le había dado. Tenían que ajustarse bien al final de las patitas, sin ser demasiado grandes ni demasiado pequeños y no podían moverse mientras caminabas porque si no, no eran zapatos, eran otra cosa pero nunca podían ser zapatos. Probó con cañas, probó con hebras de esparto, probó incluso con hojas de menta y romero, pero fue incapaz de hacer algo que pudiera parecerse a lo que los hombres llevaban en los pies. Sus compañeros escarabajos estaban preocupados. ¿Por qué Pelotona ya no salía de su agujero-madriguera?  ¿Por qué la escuchaban llorar todas las noches?

La primavera se retrasó un poco, los pastos seguían amaneciendo llenos de escarcha y no era apetecible salir al exterior hasta que el sol no se aupaba en el manto azul del cielo. El tema de la tristeza de Pelotona ya era algo de sobras conocido por la comunidad escarabajil de la colina de los caballos salvajes y decidieron hacer una asamblea para darle pronta solución. Entre todos, llegaron a la conclusión de que si no subían un zapato humano a la colina, Pelotona se moriría de tristeza, así que se decidió por unanimidad bajar al pueblo y no volver si no era con un zapato como botín. Hicieron falta miles de escarabajos para subir un zapato hasta la colina pero al fin, con mucho sufrimiento y trabajo, aquellos héroes negros de patitas aguerridas, lograron su objetivo. La expectación en el centro de la colina era enorme y toda la comunidad se reunió alrededor de aquel objeto extraño y misterioso a la vez. Pelotona se asomó por un agujerito de su madriguera y vio el revuelo.

-¡Un zapato, un zapato!- Exclamó.

Salió corriendo y en menos del aleteo de una libélula estuvo allí contemplando su objeto de deseo. El escarabajo notario de la comunidad hizo constar, marcando el lugar con sus patitas traseras, que aquello estaba sucediendo en aquel momento, para evitar malos entendidos. El presidente electo de la asamblea, el escarabajo más viejo y sabio de la comunidad, ofreció el zapato a Pelotona.

-Querida Pelotona, con mucho esfuerzo te hacemos llegar lo que más deseas y esperamos nos respondas recuperando la felicidad y el buen humor.- Dijo en tono solemne.

-Esto no es un zapato. –Contestó seca como el tomillo seco que prende.

-¿Entonces qué es?

-Pelotonni me dijo que la parte de abajo era lisa y este zapato tiene cuatro pelotas gigantes, cuatro pelotas como las pelotas que hacemos con el estiércol de los caballos en primavera.

-¿Cómo?- Dijo el escarabajo viejo. Y prosiguió. –Nos vas a permitir, querida Pelotona, que nos reunamos de urgencia para tomar una decisión.

-No hay ninguna decisión que tomar, esto no es un zapato, no lo es. Así que ya os lo podéis llevar.

Pelotona se fue a llorar a su agujero-madriguera y de vez en cuando se asomaba para ver aquello que parecía un zapato y no lo era. Al poco tiempo la asamblea de urgencia había finalizado y convocaron a Pelotona.

-Querida Pelotona, ya sabes que en nuestra comunidad no puede existir la tristeza y te vemos triste. Hemos decidido que no vamos a devolver el zapato al pueblo y que, si bien no es un zapato, podría ser tu nueva madriguera. ¿Qué te parece?

Pelotona lo meditó un instante y le pareció bien la idea así que, ni corta ni perezosa, escaló zapato arriba y se coló dentro.

-¿Qué tal? ¿Es cómodo?- Dijo el escarabajo viejo.

-¡Sí, mucho. Está muy oscuro, por eso!

-¿Sigues triste?

-Sí, sigo triste. Yo quería un zapato, no una casa.

El escarabajo viejo dio una orden clara a los miembros de la comunidad moviendo sus patitas en el aire. Cientos de escarabajos agarraron los extremos de los cordones del supuesto zapato y tiraron con todas sus fuerzas. Las grandes pelotas de la base empezaron a rodar colina abajo y los escarabajos, que cumplieron a rajatabla las órdenes, soltaron las cuerdas en el momento indicado hasta que el zapato desapareció. El escarabajo notario dio fe de lo sucedido con algunas sacudidas de sus patas traseras sobre el polvo.


Los caballos volvieron a la colina con las primeras lluvias de la primavera y Pelotona no volvió a ver sus pezuñas hundirse en el barro.

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