LA ARAÑA Y LA ESCOLOPENDRA (Sobre Telas y Esferas)
Desde esa tarde en la cueva de Cinta, a la salida de la escuela, no he podido dejar de pensar en aquella historia que me contó mi abuela Arácnida cuando apenas me asomaban las patitas y aprendía a pespuntear. ¿Es cierto lo de las esferas más allá de la Gran Tela? Y si lo fuera, ¿por qué habría que ocultarlo, por qué tanto misterio?
Nadie le hace mucho caso a Cinta, la escolopendra. Las arañas más viejas sencillamente la ignoran, saben que si la contrarían, puede usar su temible veneno. Y yo me pregunto qué clase de veneno puede tener un animal tan feo e inofensivo, porque a mí nunca me ha resultado una amenaza, y sé de buena tela que hay compañeras que consideran eso de ser feo algo de lo más amenazante.
En la escuela, en Historia de la Gran Tela, aprendemos el origen de nuestra comunidad arácnida y según dice el profesor Arunánide, las escolopendras viven en nuestros suelos desde que quedó atrapada la primera mariposa en nuestra Estratostela, la más lejana jamás vista, justo la última antes de llegar a la Gran Tela, esa que siempre sale en los exámenes de Aracnocredo. Y eso es mucho tiempo.
Sea como sea, no se nos permite hablar demasiado con Cinta, debemos tenerle respeto y no hacer mucho caso a sus monótonos monólogos. Sencillamente está loca. Y es mejor no escucharla. Incluso en los cuentos que nos contaban cuando éramos más pequeñas, aparecía de vez en cuando alguna araña confiada que, de tanto escuchar a una escolopendra, quedaba hipnotizada a su placer. Pero yo sé perfectamente que eso son leyendas y que siempre gana la Araña Madre devolviendo la cordura a la araña confiada. Fin del cuento.
Por eso me siguen gustando las historias de mi abuela Arácnida, porque siempre triunfaba el personaje que menos te esperabas. Y eso en Historia de la Gran Tela es imposible, todo en esa asignatura es previsible y aburrido, tanto como las nanas que cantan las arañas embaucadoras para que el mosquito caiga en la red. Bien podría ser diferente si tuviéramos otro profesor, pero Arunánide es incluso más monótono que Cinta y mucho menos divertido.
La tarde en la que me la encontré me habían puesto deberes de Técnica de Tela y Esferas. Iba repitiendo en voz baja sus correspondientes nombres y de vez en cuando miraba de reojo el libro para comprobar si me lo sabía. Primera esfera: la Tela Primeriza, habitada por las compañeras aprendices. Segunda esfera: la Tela Ordinaria, habitada por las arañas costureras. Tercera esfera: la Tela de la Verdad, habitada por las cazadoras embaucadoras, última capa antes de llegar a la Estratostela. Y más allá, la Gran Tela, lo desconocido.
–No creo que una araña tan pequeña e insignificante sepa diferenciar realmente nada de lo que significa ser una araña tan pequeña e insignificante.
–¿Cómo? –dije extrañada.
En un principio no supe si la voz provenía de mi cabeza o de otro bicho cualquiera. Y no, no era mi voz interior, era la de Cinta que movía sus múltiples patitas. La tenía tan cerca que su presencia me asustó. Menos mal que no la pisé porque se habría enfadado mucho.
–No pienso escucharte.
–Por más que quieras ignorarme yo siempre estaré aquí, pequeña e insignificante araña. Apuesto a que sé lo que estabas pensando.
–Eso es fácil pues iba recitando la lección para el examen de mañana.
–¿Y de verdad te vas a creer algo que se te olvidará mañana? –dijo la escolopendra acercando sus inmensos ojos a mi cara.
Fue en ese momento, no sé si por su mirada profunda o por lo que dijo o bien por las dos cosas, que tuve el convencimiento de que quería transmitirme un mensaje secreto, algo oculto que aclarara mis pensamientos.
–Todo eso de las esferas –continuó Cinta– es pura palabrería.
–No pienso escucharte.
–Por más que quieras ignorarme, no podrás escapar de la tela que te han preparado. Es dura, durísima. Y simétrica, muy simétrica. Perfecta en lo que las Arañas Ordinarias consideran perfecta. La simetría es fría, matemática, y llena el corazón de escarcha.
–Simetría es perfección, Cinta. Arunánide, el profesor de Historia, insiste en la necesidad de dominar la técnica y el arte de tejer según los cánones. Ese es el único y verdadero camino para llegar a la Gran Tela. Se pone muy pesado con el dominio de la simetría y la capacidad para manipular la seda líquida de nuestras glándulas. Lleva todo el curso así.
Cinta levantó sus antenas y se quedaron rígidas por un instante. Me pareció que, por un momento, me había leído el pensamiento y tuve la necesidad de ser sincera con ella, desafiando todas las recomendaciones de la comunidad para con aquellos seres endemoniados de mil patas.
–Pero, en el fondo, a mí todo eso –continué– me parece algo demasiado cerrado porque a veces pespunteo de manera diferente a las demás.
–El pespunteo es algo personal, igual que las guaridas de cada escolopendra. A mí me gusta tener la cueva a mi gusto. La perfección no existe, mi querida e insignificante araña. Si yo fuera perfecta, ¡ay, si fuera perfecta!, tendría alas, como las mariposas. Y ya ves, solo soy una simple escolopendra medio ciega y majareta a la que nadie hace caso. Así que, por favor te lo pido, deja de hablar como si estuvieras en clase. Ven, acompáñame.
No sé por qué motivo la seguí hasta su cueva. Ahora creo que fue porque me convenció realmente y no jugó con la hipnosis ni nada parecido tal y como cuentan las leyendas sobre ellas. Quizás me dejé llevar por la curiosidad que de bien pequeña me generaron las historias de mi abuela Arácnida. El caso es que me planté en su casa casi sin darme cuenta. Una vez allí, me ofreció varios pececillos de plata para merendar y siguió con su discurso.
–Mira, querida e insignificante araña, deberías aprender un poco más de las escolopendras. Nosotras no somos muy dadas a reunirnos, más bien vivimos solas y nos juntamos muy de vez en cuando para multiplicarnos. Y vosotras, en realidad también, pero no sé muy bien la razón por la que os inculcan todas esas cosas porque muy sociales no sois y mucho menos competitivas.
–Todo es voluntad de la Araña Madre que todo lo ve desde La Gran Tela, lo aprendí en Aracnocredo.
–¿Araña Madre? ¿La Gran Tela?
–Sí.
–No me hagas reír. ¿Tú quieres que te lleve hasta el final?
Mis glándulas se inflaron de seda líquida. Me puse nerviosa.
–¿Hasta el final? –le dije– ¿Hasta la mismísima Estratostela?
Cinta asintió y yo me vi en uno de esos cuentos de mi abuela como el triunfador que nadie espera.
–Te llevaré pero con una condición –dijo Cinta levantando su largo y brillante torso abigarrado de patitas. Vendrás a visitarme una vez por semana. No puedo con tanta soledad. Y si no lo haces, atente a las consecuencias.
Sellamos la promesa intercambiando nuestros venenos. Los depositamos cuidadosamente en los abdómenes de un par de bichos bola moribundos, tal y como marca el ritual entre insectos y artrópodos.
Cinta salió de su cueva y yo le seguí de cerca. Llegó a la base de un ancho tronco de fresno, miró a los lados asegurándose de que no había ninguna araña curiosa alrededor y ascendió. Yo fui tras sus últimas patas. Por el camino pude ver las lindes de las telas: la Primeriza, la Ordinaria, la de la Verdad… Todas perfectamente estructuradas, armoniosamente simétricas. Mis compañeras ejecutaban meticulosamente sus funciones, unas tejían y tejían sin parar, otras cazaban mosquitos, otras mariposas, otras pespunteaban las pequeñas incorrecciones de las redes, otras transformaban la seda líquida en sólida a gran velocidad. De repente, todo me pareció monótono, tan o más aburrido que las clases del profesor Arunánide. ¿Era eso lo que la Araña Madre tenía reservado para mí?
Cuando llegamos a la Estratostela me vino un sentimiento de desolación, un vacío inmenso en mi abdomen.
–Ya estamos en la linde –dijo Cinta.
–¿Esto es la Estratostela?
Cinta asintió. La red era tan tupida que apenas si se podía ver al otro lado. Los pespuntes eran perfectos, dobles, triples, cuádruples, quíntuples…
–¿Quieres ver lo que hay afuera?
–Sí.
Cinta rasgó con las patitas delanteras la Estratostela y la luz del sol entró cegadora por el agujero de la cúpula de seda. Allá afuera revoloteaban las mariposas, los monos saltaban de rama en rama, el viento agitaba las copas de los árboles, las ardillas roían piñas, los papagallos saturaban de vivos colores el cielo, un cielo azul intenso y las arañas tejían sus telas cada una a su manera, sin criterio definido.
Me relajé y mis glándulas se desinflaron. Cuando me quise dar cuenta me lo había hecho encima y esparcí sin darme cuenta toda la seda líquida que había acumulado hasta el momento.
–Esto es increíble –dije–. Entonces, ¿dónde está la Araña Madre? ¿Dónde está la Gran Tela?
Cinta sonrió.
–Es esto, todo esto que ves.
–No lo entiendo.
–No hay nada que entender.
–Es imposible, la Gran Tela existe, tiene que existir.
Cinta se quedó callada varios segundos que me parecieron una eternidad.
–Eso que llamáis la Gran Tela, mi querida e insignificante araña, no es más que la curiosidad y el asombro.
Bajamos con prudencia el tronco de fresno por el que habíamos subido hasta que el haz de luz que entraba por el pequeño agujero de la Estratostela nos abandonó. Me acuerdo que Cinta me dijo a media voz: “no tardarán mucho en pespuntear ese agujero, los secretos que se abren para unos pocos, deben ser cerrados para los demás”.



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